|
CONSECUENCIAS
DE LA CATÁSTROFE
La radiactividad no respetó
los límites de la Zona de Exclusión: Naciones
Unidas calcula que el área contaminada radiactivamente
es de 160.000 km2, lo que equivale a casi un tercio de la
extensión del territorio del Estado español,
o al tamaño de Holanda.
Los daños a la salud
pública causados por la radiactividad que actualmente
se conocen parece que sólo serán la punta
del iceberg, puesto que muchas enfermedades pueden tardar
décadas o incluso generaciones en manifestarse.
La Organización Mundial
de la Salud (OMS) calcula que se producirán, sólo
en territorio de la antigua Unión Soviética,
más de 500.000 muertes cuando hayan transcurrido
25 años de la catástrofe.
En abril de 2000, coincidiendo
con el 14º aniversario del accidente de Chernóbil,
la ONU publicó un informe donde se recapitulaba sobre
sus devastadoras consecuencias. El número de personas
afectadas en las repúblicas de Bielorrusia, Ucrania
y Rusia se calcula en más de 7 millones, 3 de los
cuales son niños. Todavía viven 1,8 millones
en zonas fuertemente contaminadas por la radiactividad.
Los muertos por la catástrofe se cifraba ya en 165.000
y su número seguirá creciendo durante años.
Aunque el número de
leucemias detectados es más bajo de lo que se esperaba,
la incidencia de cáncer de tiroides en niños
menores de 14 años ha doblado ya la cifra prevista
para el 2006, que es cuando se esperaba la incidencia máxima.
En la actualidad hay 380.000 niños afectados.
La combinación de
vivir en una tierra contaminada y el consumo de alimentos
afectados por la radiactividad está incrementando
y agudizando los daños sobre la salud.
Además de las víctimas
mortales, ya mencionadas, y las malformaciones congénitas
y deformaciones que, como consecuencia de las mutaciones,
están apareciendo entre la población nacida
después del accidente (los Niños de Chernóbil),
los índices de diversas enfermedades están
aumentando en todo el área afectada.
El coste económico
de la catástrofe se ha cifrado en más de 40
billones de pesetas. Como dato significativo, el Gobierno
de Bielorrusia destinó en 1995 el 13,5% de su Producto
Interior Bruto a intentar paliar las consecuencias del accidente,
aunque necesitaría al menos el 40% del mismo para
cubrir todas sus necesidades.
LAS LECCIONES DE CHERNOBIL
Como hemos visto, las consecuencias
ecológicas, sanitarias y económicas de una
catástrofe como la de Chernóbil son muy elevadas,
con seguridad incalculables.
El accidente de Chernóbil
ha demostrado también que la energía nuclear
es una amenaza que no conoce fronteras, ya que la radiactividad
liberada a causa del accidente contaminó lugares
situados a miles de kilómetros de la central siniestrada.
Las autoridades ucranias
reconocen la existencia de amplias zonas fuera del área
de exclusión de 30 km. de radio declarada alrededor
de la central, mucho más contaminadas radiactivamente
que otras del interior de la misma. Este hecho incuestionable
deja en evidencia la inutilidad de los planes de emergencia
nuclear y las zonas de exclusión contempladas en
éstos.
NO
NECESITAMOS ENERGÍA NUCLEAR.
Ningún reactor nuclear
es seguro, da igual que su diseño sea soviético
o de tipo occidental.
La energía nuclear
es intrínsecamente peligrosa: el riesgo de un fallo
técnico o un error humano o de ambos no puede descartarse
en ningún momento. Así el accidente nuclear
ocurrido en la central de Three Mile Island (Harrisburg,
Estados Unidos, 1979), el de mayor gravedad después
del de Chernóbil, donde también se produjo
una fusión del núcleo, o el que tuvo lugar
en Tokaimura (Japón, 1999), han acabado definitivamente
con el argumento de que las instalaciones nucleares del
mundo occidental eran seguras. En España, el accidente
de la central de Vandellós I en 1989, que provocó
su cierre definitivo, estuvo a punto de provocar una catástrofe
nuclear.
Por otro lado, la cuestión
de los residuos nucleares sigue siendo un problema sin solución,
y su peligrosidad, en el caso de los de alta actividad,
permanecerá durante cientos de miles de años,
constituyendo una amenaza para nuestras vidas y las de las
futuras generaciones.
La energía nuclear
sólo proporciona un 5% de la energía primaria
que se consume en el mundo.
Sin embargo, la energía,
en su mayor parte se despilfarra. Está ampliamente
demostrado que podemos ahorrar más de un 50% de la
energía que se consume en la actualidad, sin que
disminuya la calidad ni la cantidad de los servicios que
la energía nos proporciona: calor, frío, iluminación,
movimiento... No necesitamos más y más kilovatios-hora
o termias, necesitamos aprovecharlos mejor.
Es necesario cambiar el modelo
energético para evitar seguir poniendo en peligro
nuestro planeta: mejorar sustancialmente la eficiencia energética
para evitar el despilfarro y apostar decididamente por las
fuentes de energía renovables, como la solar y la
eólica. Sólo así podremos cerrar las
centrales nucleares y disminuir el uso de los combustibles
fósiles. En nuestro país, no existe problemas
técnicos ni energéticos para lograr el cierre
de las centrales nucleares en un plazo no superior a diez
años, comenzando por las más antiguas (Zorita
y Garoña), cuya vida útil ya está agotada
y suponen un peligro cada día que siguen abiertas.
|