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EDITORIALES
TRIBUNA:
JOHN LE CARRÉ
Confesiones
de un terrorista
John Le
Carré es escritor británico. Traducción
de Eva Cruz. Este artículo es una versión
ampliada de la aportación del autor al debate global
de openDemocracy sobre la crisis de Irak, publicada en www.openDemocracy.net
©
David Cornwell, 2003
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en 'Lo más' EL PAÍS Internacional - 20-01-2003
Estados Unidos ha entrado
en uno de sus periodos de locura histórica, pero
éste es el peor de cuantos recuerdo: peor que el
macartismo, peor que la bahía de Cochinos y, a largo
plazo, potencialmente más desastroso que la guerra
de Vietnam. La reacción al 11-S ha ido más
allá de lo que Osama hubiera esperado en sus sueños
más siniestros. Como en la época de McCarthy,
los derechos y libertades nacionales, que han hecho de EE
UU la envidia del mundo, están siendo erosionados
de forma sistemática.
La persecución de
residentes extranjeros en EE UU sigue a buen ritmo. Personas
"no permanentes" de sexo masculino y origen norcoreano
o de Oriente Próximo desaparecen en cárceles
secretas tras acusaciones secretas por la palabra secreta
de los jueces. Palestinos que residen en Estados Unidos,
a quienes antes se consideraba ciudadanos sin Estado, y
por tanto no deportables, están siendo entregados
a Israel para ser "reasentados" en Gaza y en Cisjordania,
lugares que quizá no hayan pisado jamás.
¿Estamos jugando al
mismo juego aquí en Gran Bretaña? Supongo
que sí. Dentro de 30 años dejarán que
lo sepamos. La combinación de la complicidad de los
medios de comunicación estadounidenses con los intereses
creados de las
grandes empresas asegura una vez más que un debate
que debiera estarse oyendo en las plazas de todos los pueblos
se reduce a los artículos más sesudos de la
prensa de la Costa Oeste de EEUU: "Ver columna A de
la página 27, si es usted capaz de encontrarla en
el periódico, y de entenderla".
Ningún Gobierno norteamericano
ha mantenido nunca sus cartas tan pegadas al pecho. Si los
servicios de inteligencia no saben nada, ése será
el secreto mejor guardado de todos. Recuerden que se trata
de las mismas organizaciones que nos mostraron el mayor
fracaso en la historia de la inteligencia: el 11-S. Esta
guerra inminente estaba planeada años antes de que
atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible.
Sin Osama, la junta de Bush seguiría intentando explicar
asuntos tan peliagudos como la forma en que logró
salir elegida; Enron; sus desvergonzados favores a quienes
son ya demasiado ricos; su desprecio irresponsable por los
pobres del mundo, por la ecología, y por un sinnúmero
de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá
también tendrían que explicarnos por qué
apoyan a Israel en su desprecio continuado por las resoluciones
de la ONU.
Pero, oportunamente, Osama
barrió todo eso bajo la alfombra. Los Bush cabalgan
de nuevo. Se dice que el 88% de los norteamericanos quiere
la guerra. El presupuesto de Defensa de EE UU ha aumentado
en 60.000 millones de dólares, hasta alcanzar alrededor
de los 360.000 millones de dólares. De las fábricas
está saliendo una espléndida nueva generación
de armas nucleares americanas, preparadas para responder
igualmente a las armas nucleares, químicas y biológicas
en manos de Estados irresponsables. Así que todos
podemos respirar tranquilos.
Y EE UU no sólo decide
unilateralmente quién puede y quién no puede
poseer estas armas. También se reserva el derecho
unilateral de utilizar sin escrúpulos sus propias
armas nucleares cuando quiera y donde quiera siempre que
considere amenazados sus intereses, los de sus amigos o
sus aliados. ¿Quiénes exactamente van a ser
estos amigos y aliados en los próximos años?
Será, como siempre en política, algo parecido
a un acertijo. Uno se hace buenos amigos y aliados, así
que los arma hasta los dientes. Entonces un día ya
no son ni amigos ni aliados, así que se les manda
una bomba nuclear.
Merece la pena recordar aquí
cuántas horas de profunda reflexión empleó
el Gabinete de EE UU en decidir si debía atacar Afganistán
con armas nucleares en los días siguientes al 11-S.
Afortunadamente para todos nosotros, pero particularmente
para los afganos, cuya complicidad en el 11-S fue mucho
menor que la de Pakistán, decidieron arreglárselas
con sólo 25.000 toneladas de las llamadas cortamargaritas
convencionales, que, según todos los testimonios,
producen, en cualquier caso, tanta destrucción como
una bomba nuclear pequeña. Pero la próxima
vez será de verdad.
Un asunto mucho menos claro
es cuál es exactamente la guerra que el 88% de los
norteamericanos piensa que está apoyando. ¿Una
guerra que durará cuánto, por favor? ¿A
qué precio en vidas de estadounidenses? ¿A
qué precio para el bolsillo del contribuyente norteamericano?
¿A qué precio (porque la mayor parte de este
88% son gente profundamente decente y humanitaria) en vidas
de iraquíes? Ahora ya probablemente sea un secreto
de Estado, pero la Tormenta del Desierto costó a
Irak al menos el doble de las vidas que perdió EE
UU en toda la guerra de Vietnam.
El modo en que Bush y su
junta consiguieron desviar la ira de EE UU contra Osama
Bin Laden hacia Sadam Husein es uno de los grandes trucos
de prestidigitación en relaciones públicas
de la historia. Pero les salió bien. Una encuesta
reciente dice que uno de cada dos estadounidenses cree ahora
que Sadam fue responsable del ataque al World Trade Center.
Pero la opinión pública
norteamericana no sólo está siendo engañada.
Está siendo amenazada, acosada, reprendida y mantenida
en un permanente estado de ignorancia y de miedo y, consecuentemente,
de dependencia de sus líderes. Esta neurosis cuidadosamente
orquestada debería, con un poco de suerte, llevar
cómodamente a Bush y a sus compañeros de conspiración
hasta las siguientes elecciones. Los que no están
con el señor Bush están contra él.
O, lo que es peor (ver su discurso del 3 de enero), están
con el enemigo. Cosa rara, porque yo estoy completamente
en contra de Bush, pero me encantaría ver la caída
de Sadam -sólo que no según los términos
de Bush y no según sus métodos-. Y tampoco
bajo una bandera de tan escandalosa hipocresía. Un
colonialismo de EE UU al viejo estilo está a punto
de extender sus alas de hierro sobre todos nosotros. Hay
ahora más americanos impasibles
infiltrándose en pueblos que nada sospechan de los
que había en el momento más tenso de la guerra
fría. La gazmoñería religiosa con la
que van a enviar a las tropas estadounidenses al frente
quizá sea el aspecto más nauseabundo de esta
surrealista guerra que se acerca. Bush tiene a Dios agarrado
por el cuello.
Y Dios tiene opiniones políticas
muy particulares.
Dios eligió a EE UU
para salvar al mundo de la manera que más convenga
a EE UU.
Dios eligió a Israel
como nexo de la política norteamericana en Oriente
Próximo. Y quien quiera poner en duda esta idea:
a) es un antisemita, b) es un antiamericano, c) está
con el enemigo y d) es un terrorista.
Dios también tiene
conexiones aterradoras. En EE UU, donde todos los hombres
son iguales a sus ojos, aunque no a los ojos de los demás,
la familia Bush contiene un presidente, un ex presidente,
un ex jefe de la CIA, el gobernador de Florida y el ex gobernador
de Tejas. Bush senior tiene algunas buenas guerras en su
haber, y una reputación bien merecida por saber mostrar
la ira de EE UU a los Estados clientes que desobedecen.
Una de las guerritas que montó fue contra su viejo
amigo de la CIA Manuel Noriega, de Panamá, que le
sirvió bien en la guerra fría, pero que luego
se creció cuando ésta hubo terminado. No se
ve a menudo un poder tan desnudo como éste, y los
americanos lo saben.
¿Quieren
más datos?
George
W. Bush. 1978-84: alto
ejecutivo de Arbusto-Bush Exploration, una compañía
de petróleo; 1986-1990: alto ejecutivo de la compañía
de petróleo Harken.
Dick Cheney.
1995-2000: presidente ejecutivo de la compañía
de petróleo Halliburton.
Condolezza
Rice. 1991-2000: alta
ejecutiva de la compañía de petróleo
Chevron, que bautizó un petrolero con su nombre.
Y la lista sigue.
Sin embargo, ninguna de estas
vinculaciones insignificantes afecta a la integridad del
trabajo de Dios. Aquí estamos hablando de valores
honestos. Y además sabemos a qué colegio van
tus hijos. En 1993, mientras el expresidente George Bush
hacía una visita de cortesía al siempre democrático
reino de Kuwait para que le dieran las gracias por liberar
al país, alguien intentó matarlo. La CIA cree
que ese "alguien" era Sadam. De ahí que
Bush junior exclamara: "Ese hombre intentó matar
a mi papá". Pero esta guerra no es personal.
Es necesaria. Se trata del trabajo de Dios. Se trata de
llevar la libertad y la democracia al pueblo iraquí,
pobre y oprimido.
Para ser aceptado como miembro
del equipo de Bush parece que también hay que creer
en el Bien Absoluto y en el Mal Absoluto, y Bush, con un
montón de ayuda de sus amigos, de su familia y de
Dios, está ahí para ayudarnos a distinguir
lo uno de lo otro. Creo que quizá yo sea Malo por
escribir esto, pero tendré que averiguarlo.
Lo que Bush no nos dirá
es la verdad acerca de por qué vamos a la guerra.
Lo que está en juego no es un eje del mal, sino petróleo,
dinero y las vidas de la gente. La tragedia de Sadam es
estar sentado sobre el segundo yacimiento de petróleo
más grande del mundo. La de su vecino Irán
es poseer las reservas de gas natural más grandes
del mundo. Bush quiere ambas, y quien le ayude a conseguirlas
recibirá una parte del pastel. Y quien no le ayude,
no la recibirá.
Si Sadam no tuviera petróleo,
podría torturar y asesinar a placer a sus ciudadanos.
Otros líderes lo hacen todos los días -pensemos
en Turquía, en Siria, Egipto, Pakistán, pero
éstos son nuestros amigos y aliados-. Sospecho que
en realidad Bagdad no representa ningún peligro cercano
y real para sus vecinos, y tampoco para EE UU o Gran Bretaña.
Las armas de destrucción masiva de Sadam, si es que
todavía las tiene, serán menudencias comparadas
con lo que Israel o EE UU podrían desplegar contra
él en cinco minutos. Lo que está en juego
no es una amenaza militar o terrorista inminente, sino el
imperativo económico del crecimiento estadounidense.
Lo que está en juego es la necesidad de EE UU de
demostrar su enorme poder militar a Europa y a Rusia y a
China y a la pobrecita loca de Corea del Norte, así
como a Oriente
Próximo; mostrar quién manda de ntro de EE
UU y quién debe someterse a EE UU en el exterior.
La interpretación
más comprensiva del papel de Tony Blair en todo esto
es que él creía que si montaba el tigre sería
capaz de dirigirlo. Pero no puede. En vez de eso, lo que
hizo fue otorgarle una falsa legitimidad, y una voz suave.
Me temo que ahora ese mismo tigre le ha acorralado en una
esquina de la que no puede escapar. Irónicamente,
tal vez el propio George W. sienta algo muy parecido.
En la Gran Bretaña
del Partido Único, Blair fue elegido líder
supremo con una participación bajísima, de
alrededor de un cuarto del electorado. En caso de darse
la misma apatía pública y los lamentables
resultados de los partidos de la oposición en las
próximas elecciones, Blair o sus sucesores lograrán
un poder absoluto similar con una proporción incluso
más pequeña de los votos. Resulta absolutamente
risible que, en un momento en el que sus propias palabras
han puesto a Blair contra las cuerdas, ninguno de los líderes
de la oposición británicos sean capaces de
toserle. Pero ésa es la tragedia británica,
la misma que la de EE UU: mientras nuestros Gobiernos manipulan,
mienten y pierden su credibilidad, y las supuestas alternativas
parlamentarias se limitan a hacer maniobras para no quedarse
fuera de la foto, el electorado simplemente se encoge de
hombros y mira hacia otro lado. Los políticos nunca
se creen lo poco que consiguen engañarnos.
Así que el tema en
Gran Bretaña no es qué partido político
formará Gobierno después del desastre que
se avecina, sino quién estará al volante.
Lo mejor que podría pasarle a Blair para sobrevivir
personalmente sería que, en la penúltima hora,
la protesta mundial y unas Naciones Unidas improbablemente
envalentonadas fuercen a Bush a volver a meterse la pistola
en la funda sin haber disparado. ¿Pero qué
pasa si el mayor vaquero del mundo cabalga de vuelta a casa
sin la cabeza del tirano?
Lo peor que puede pasarle
a Blair es que, con o sin Naciones Unidas, nos arrastre
a una guerra que, de haber existido alguna vez la voluntad
de negociar con energía, podría haberse evitado;
una guerra sobre la que ha habido tan poco debate democrático
en Gran Bretaña como en EE UU. Al hacer esto,
Blair habrá provocado una respuesta imprevisible,
un gran desasosiego doméstico, y el caos en la región
de Oriente Próximo. Habrá provocado un retroceso
en nuestras relacione con
Oriente Próximo que durará varias décadas.
Bienvenidos al Partido de la Ética en Política
Exterior. Existe un camino intermedio, pero es duro de seguir:
Bush se lanza sin el apoyo de la ONU y Blair se queda en
la orilla. Adiós a la Relación Especial.
El tufo a santurronería
religiosa que hay en el aire en EE UU recuerda a los peores
momentos del Imperio Británico. El manto de lord
Curzon no queda bien sobre los hombros de los columnistas
conservadores de moda en Washington. Aún se me ponen
los pelos más de punta cuando escucho a mi primer
ministro prestar sus obsequiosos sofismas de delegado de
la clase a esta aventura claramente colonialista. Estamos
en esta guerra, en caso de que suceda, para asegurar la
hoja de parra de nuestra relación especial con EE
UU, para hacernos con nuestro trozo del pastel del petróleo
y porque, después de todos los apretones de mano
públicos en Washington y en Camp David, Blair tiene
que dar la cara en el altar.
-¿Pero vamos a ganar,
papá?
-Por supuesto que sí,
hijo. Y todo habrá terminado mientras todavía
estés en
la cama.
-¿Por qué?
-Porque si no, los
votantes del señor Bush se van a poner muy impacientes,
y
podrían decidir no volver a votarle después
de todo.
-¿Y van a matar a
gente, papá?
-A nadie que tú conozcas,
cariño. Sólo gente extranjera.
-¿Puedo verlo por
la tele?
-Sólo si el señor
Bush te da permiso.
-Y cuando todo termine, ¿volverán
las cosas a ser como antes? ¿Nadie volverá
a hacer cosas horribles nunca más?
-Chsss, niño, a dormir.
El pasado viernes, un amigo
mío estadounidense fue a un supermercado en California
con una pegatina en el coche que decía: "La
paz también es patriótica". Cuando terminó
de hacer la compra, la pegatina había desaparecido.
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